Carrera de fondo
¿Te acuerdas de septiembre?
Del primer día de clase. Todos nerviosos en el patio, con el sol cegándonos e impidiéndonos distinguir con claridad a esos amigos a los que tanto hemos echado de menos durante el verano.
Llega el momento de entrar al aula. ¿Con quién me habrá tocado? ¿Habrá alguien nuevo? Mi cabeza ha imaginado mil escenarios, pero las dudas duran poco. Enseguida descubro que, al final, da igual con quién me haya tocado: todos vamos a compartir un mismo camino y, de una forma u otra, acabaremos formando parte de la vida de los demás.
Tras las presentaciones, ponemos cara a los compañeros que nos acompañarán durante los próximos meses y conocemos a nuestros tutores. Salimos del aula con un horario escrito de nuestro puño y letra, a la vieja usanza. Y, casi sin darnos cuenta, damos por inaugurado un nuevo curso escolar, como sucede cada septiembre en la inmensa mayoría de los centros educativos.
Entonces comienza una carrera de fondo. Una en la que la meta no consiste en ganar ni en llegar antes que nadie. Aquí no competimos contra los demás; el verdadero reto es aprender, crecer y disfrutar de todo lo que encontraremos a lo largo del camino.
Nos esperan compañeros, asignaturas, profesores, horarios, normas… Habrá personas con las que conectemos desde el primer momento y otras con las que nos cueste un poco más hacerlo. Y está bien que sea así. Con unas todo será más sencillo; con otras tendremos que esforzarnos un poco más. Al fin y al cabo, también de eso trata aprender a convivir.
Habrá días en los que sintamos que podemos con todo y otros en los que ni siquiera nos apetezca salir de la cama. Pero, en cualquiera de los dos casos, lo importante será seguir caminando.
Toda la vida he oído que los valores se enseñan en casa, y estoy convencido de que es así. Es en el hogar donde los niños aprenden, con el ejemplo diario, a respetar, a ser honestos, responsables y agradecidos. Es allí donde el amor, la empatía, la solidaridad y el esfuerzo empiezan a echar raíces. Valores que les acompañarán en esta carrera y en todas las que vendrán después.
Pero nadie recorre este camino solo.
En él participamos niños, madres, padres, abuelos, profesores, tutores, monitores de actividades extraescolares, psicólogos, logopedas y tantas personas que, de una u otra manera, forman parte de su educación.
Nuestra responsabilidad es caminar en la misma dirección, colaborar y hacer equipo por el bien de los más pequeños. También respetar y valorar el trabajo del profesorado, porque no siempre es fácil. A veces, sin darnos cuenta, les restamos autoridad delante de nuestros hijos o hablamos de ellos sin el respeto que merecen. Y eso, lejos de ayudar, dificulta el camino.
Este pequeño guiño es para todos los profesores que tuve y que dejaron una huella imborrable en una de las etapas más bonitas de mi vida: la infancia.
Y, de una manera muy especial, para Unai y Leti, quienes han tenido la suerte —o quizá la paciencia— de acompañar a uno de mis niños en una parte de ese camino.
Gracias por enseñar, por cuidar, por escuchar y por creer en ellos incluso en los días difíciles. Gracias por todo.

Molan mucho tus palabras. Estoy muy muy orgulloso de mi alumna. El mundo es mejor contigo. Gracias
ResponderEliminarUn camino en el que aprendemos todos, una vez más gracias por regalarnos tus reflexiones.
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