Estoy cansado
ESTOY CANSADO.
Estoy cansado de lidiar con el mundo exterior y con todo lo que se espera de mí.
Estoy cansado de no poder bajar la guardia.
Estoy cansado porque tengo que ser muchas cosas a la vez y no llego.
Estoy cansado de sonreír cuando por dentro estoy roto.
Estoy cansado de sostener a otros mientras me rompo.
Estoy cansado de ser el que no rompe un plato.
Estoy cansado de ser la oveja negra.
Estoy cansado de poner una mejilla y después la otra.
Estoy cansado de aparentar que todo está bien.
Estoy cansado de ocultar lo que siento.
Estoy cansado de estar solo.
Estoy cansado de mi pareja.
Detrás de estas palabras hay algo más que cansancio. Hay frustración, soledad, agotamiento emocional y, quizá, una necesidad de ser escuchado sin tener que justificar lo que uno siente.
Durante generaciones, muchos hombres fueron educados para no mostrar sus emociones. Llorar en público era casi un sacrilegio, expresar vulnerabilidad se interpretaba como debilidad y pedir ayuda no siempre era una opción que se contemplara.
Así crecieron hombres que aprendieron a callar, a soportar y a seguir adelante incluso cuando por dentro algo se estaba rompiendo.
Pero ¿qué ocurre cuando pasamos tanto tiempo fingiendo que estamos bien que terminamos olvidando cómo decir que no lo estamos?
Vivimos en una sociedad que nos exige ser productivos, estar disponibles, cumplir expectativas, cuidar de los demás y, además, hacerlo todo con una sonrisa. Una sociedad que aplaude nuestra capacidad para resistir, pero que pocas veces se detiene a preguntarnos cuánto nos está costando hacerlo.
Y cuando alguien finalmente se rompe, no faltan quienes preguntan por qué no pidió ayuda antes, sin preguntarse si alguna vez encontró un espacio seguro para hacerlo.
Hablamos de salud mental, pero todavía nos cuesta comprenderla. A veces minimizamos el sufrimiento ajeno, confundimos la tristeza con la debilidad o esperamos que alguien supere su dolor simplemente porque, desde fuera, su vida parece estar bien.
Como si tener trabajo, familia, pareja o motivos para sonreír nos hiciera inmunes al sufrimiento.
Y no. La salud mental no entiende de apariencias, de géneros ni de circunstancias económicas. El dolor no siempre se ve, y el hecho de que alguien consiga levantarse cada mañana no significa que no esté librando una batalla por dentro.
Los hombres también sufren. Las mujeres también se rompen. Hay quienes gritan, quienes lloran y quienes aprenden a esconderlo todo detrás de un silencio que nadie se molesta en descifrar.
Por eso, necesitamos dejar de convertir el sufrimiento en una competición, de comparar heridas y de decidir quién tiene motivos suficientes para sentirse mal.
Necesitamos aprender a escuchar sin juzgar, acompañar sin minimizar y comprender que pedir ayuda no es fracasar, sino reconocer que no siempre podemos hacerlo todo solos.
Y también debemos recordar que acompañar a alguien no significa tener todas las respuestas. A veces basta con estar, escuchar y hacerle saber que no tiene que fingir delante de nosotros.
Ojalá dejemos de preguntarnos por qué alguien no es capaz de soportar más y empecemos a preguntarnos por qué hemos normalizado que tenga que soportar tanto.
Porque quizá el problema no sea solamente que haya personas que estén rotas, sino que hayamos construido una sociedad en la que tantas sienten que deben ocultarlo.
Y tal vez el primer paso para cuidar nuestra salud mental sea construir un mundo en el que nadie tenga que fingir que está bien para sentirse aceptado.
Mi guiño de hoy es para todas y todos aquellos que padecen y para quienes acompañan en la salud mental.
Para quienes luchan en silencio, para quienes están intentando encontrar la manera de explicar lo que les ocurre y para quienes, aun sin comprender del todo el dolor ajeno, deciden quedarse y escuchar.

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