El afortunado era yo
Queridos representantes de la Asamblea General de las Naciones Unidas:
Mi nombre es Pablo. Crecí y viví en un país del continente africano; en una región donde escaseaba prácticamente todo, menos los niñ@s, el amor por la familia, las caras sonrientes y las ganas de vivir.
En mi casa, como en la mayoría de la ciudad, no había un grifo del cual saliese agua cada vez uno deseara, así que adaptados al medio y las circunstancias, todos tenían unos enormes bidones fuera de casa; éstos los llenaban a primera hora de la mañana yendo muy temprano al edificio de las monjas, las cuáles contaban con un grifo que las permitía abastecer a sus vecinos durante al menos dos horas diarias, desde las 6 a las 8 de la mañana.
Pese a las tempranas horas, las colas eran infinitas. Para poder llevar el agua, se dirigían a dicha fuente con las palanganas en la cabeza. Íbamos varios miembros de la casa para poder sobrellevar así el día.
La lluvia también era una aliada y nos aprovechamos de ella, poniendo los bidones fuera cuando llovía con intensidad.
Estas costumbres estaban ya muy interiorizadas en mí y otros muchos ciudadanos. Debía despertarme muy temprano para poder tener agua para ducharme y poder ir limpio al colegio. La distancia hasta éste era larga y por ello, tenía que caminar kilómetros y kilómetros para poder llegar. Así fueron mis años de escolarización, hasta que me concedieron una beca después de acabar mis estudios de bachillerato y pude cursar una carrera en otro país de occidente.
Fui a la universidad, me licencié en psicología y especialicé en psicología social.
Cuando llegué a esa ciudad, no salía de mi asombro; los niños podían ir en autobús, coche o andando como elección. Por supuesto, sólo tenían que abrir el grifo y disfrutar del agua caliente, disponían de luz en sus hogares. No había necesidad de bajar a la farola más próxima a su casa o hacer uso de una vela.
Sentía envidia y les consideraba afortunados, pero con el paso de los años me di cuenta que él afortunado era yo, porque todos ellos, jóvenes y adolescentes tenían todas esas cosas a su alcance y supongo que algunos sabrían su precio, pero no apreciaban su valor.
Como yo hay muchos otros niños pasando por algo similar, pero con esas ganas de querer aprender gracias a la educación.
El 3 de diciembre de 2018, se proclamó que de algún modo todos los países hagan los deberes en cuanto a este derecho.
Este es mi guiño al 24 de enero, día internacional de la educación.


Buenos recuerdos me trae todo eso, a pesar de todo éramos muy felices, gracias por recordármelo.
ResponderEliminardios si existe que se cumplan los derechos humanos
ResponderEliminarQue recuerdos!!
ResponderEliminarSerá verdad que cualquier tiempo pasado fue mejor?
ResponderEliminarBonitos recuerdos. Abrazos
Qué bonito! Tenemos tanto y estamos tan acostumbrados a tenerlo todo, que se nos olvida agradecer al universo todo lo que nos da. Ojalá tus palabras nos hagan conscientes a todos de lo afortunados que somos por haber nacido, sea donde sea. Un abrazo.
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